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martes, 13 de marzo de 2012

El bosque más hermoso del mundo

Hará de esto un par de años, pero lo recuerdo como si hubiese sido ayer. Mientras iba sumergido en mis pensamientos, manejaba a lo largo de una zona montañosa, casi desierta por donde nunca antes había pasado. De pronto, mi hija pegó un grito. En un principio temí que le hubiera ocurrido algo, pero más bien había gritado de emoción al reconocer el nombre del lugar referido por mi padre en una de las historias que solía contarnos.

El viejo nos relató que alguna vez allí se alzó el bosque más hermoso del mundo, de árboles fragantes y flores enormes, donde la flora y la fauna eran íntimos amigos. Con tristeza en sus ojos, también dijo que debido a la avaricia siempre creciente del hombre, al poco tiempo el bosque se vio reducido a nada: sus árboles fueron talados y sus animales perseguidos. Pero como quien sabía contar cuentos, con un guiño para mi hija terminó diciendo que si alguna vez alguien deseaba ver el bosque como antes fue, bastaba con desearlo muy fuerte con corazón sincero.

Casi al salir de aquella zona, mi hija miraba cautivada a través de la ventanilla mientras un olor exquisito lo inundaba todo.

jueves, 23 de febrero de 2012

La indómita necesidad de saberte mía

El murmullo que brota de tus labios mientras te maquillas frente al espejo, me hace volver de mi ensimismamiento. Cada vez con mayor frecuencia me sorprendo abstraído en la contemplación de tus movimientos que interpreto como una concentración intensa en torno a tu persona. Desde la silla donde me encuentro, las paredes trazan perfectas rectas que convergen en fuga y, tu figura, al fondo, me parece lejana. Ahora tarareas una melodía de sirenas y cada desplazamiento tuyo por la habitación va dejando una estela difícil de definir: quizá sea como un rastro etéreo que demora en desaparecer dando la sensación de que siempre estas allí aun y cuando ya te hayas marchado. Tomo mi tiempo para contemplarte, para apreciarte mientras te desplazas grácil hacia la sala en busca de algo. Luego, mientras sostienes un vaso con agua de donde bebes a pequeños sorbos, noto que allí, parada frente al balcón, justo donde la luz es más propicia para iluminar tu perfil con rayos de mañana cálida, tu figura se me antoja frágil y majestuosa. Y ese es el instante que tanto esperaba: mis ojos recorren tus contornos con manía, con un inusitado frenesí de abarcarte toda, demorándome el tiempo necesario para permitir que tus partes dejen de ser un todo y, una a una, queden grabadas en mi memoria. Cuando todo haya terminado, cuando hayas salido y cerrado tras de ti la puerta de tu apartamento, sé que habré olvidado todo y que tendré que recurrir a este sueño alguna otra vez para saberte mía.



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lunes, 23 de enero de 2012

Mi perro Lucas

Cuando mi perro Lucas se internó en aquella arboleda sombría de senderos de barro colorado, temí en gran manera. Miraba como sus huellas se perdían camino adentro. Le gritaba que volviera, pero en respuesta escuchaba un silencio definitivo que solo conseguía inquietarme más. Armándome del poco valor que me quedaba, comencé a caminar por aquel tenebroso lugar en donde parecía como si los arboles se abalanzaran sobre mí. Seguí avanzando unos metros más cuando, de pronto, noté como una mancha peluda rascaba lo que parecía ser un agujero: era Lucas; sentí un profundo alivio al verlo. Justo en el momento que lo llamaba, Lucas volteó. Pensé que era a mí a quien miraba, pero sus ojos estaban fijos en algo que estaba tras de mí. Con respiros entrecortados y sintiendo el miedo resbalar por cada parte de mi ser, comencé a girar la cabeza...
-Enrique, despierta ya flojonazo -era mi madre que me llamaba.
-Ha sido solo un sueño -me dije aliviado-. Todo está bien. Yo no tengo ningún perro llamado Lucas.
Bajé de la cama, y vi sobre el parqué las inconfundibles huellas rojizas de un can.
-Todo está bien. -Volví a decir ahora con menos convicción.

viernes, 6 de enero de 2012

En la esquina de la calle de San Blas

Tratando de ganar alguna salida corrí calle abajo solo para volver al mismo lugar donde antes estuve; parecía como si los edificios se reagruparan a cada paso que daba. Estaba parado justo en medio de la calle cuando de pronto, por alguna razón, me fue posible escuchar los pasos de los que antes anduvieron por aquí; en ese momento tuve la certeza de que, después de mí, otros por aquí andarán. Este hecho que refiero sucedió años atrás cuando, juntando todos mis ahorros, me di un viaje a Zaragoza; tuve, lo que ahora llamo mi experiencia fantástica, justo en la esquina de la calle de San Blas. Cuando pienso en lo extraordinario del suceso, aun tengo la sensación de estar atrapado en una especie de laberinto; y si pongo sumo cuidado, logro escuchar un ligero caminar multitudinario sobre el empedrado.

miércoles, 4 de enero de 2012

Por este camino

Mis pasos avanzan por este camino de hojas y helechos desde donde sube una fragancia a floresta que se enreda en mi pelo, se libera y asciende hasta quedar atrapada en las copas de los pinos que observan el caminar dubitativo del que no sabe a donde va porque quizá no quiere ir a ningún lado, sino más bien quedarse y seguir caminando por uno y otro senderos, y contemplar la luz refulgente, diamantina que se filtra desde lo alto, desde un cielo silente que lo abarca todo incluso este bosque en donde me pierdo y en donde mis pasos avanzan por este camino de hojas y helechos...

martes, 1 de febrero de 2011

El secreto de Daniels

Pablo Daniels debe su apellido a su abuelo paterno —un irlandés que en una noche de juerga se embarcó en Dublín rumbo a Buenos Aires. Era abstemio, mas heredó lo aventurero. Viajó mucho. En El Cairo, trapicheó con bedunios; en Estocolmo, vio nevar; en Veracruz, cantó con Lara. La última noche que nos reunimos me intimó un secreto, quizá universal, pero acuñado suyo:

—Uno yerra buscando, pero lo importante está en casa.

Daniels regresó a Buenos Aires de su último viaje, conoció a Emma, el amor de su vida, y nunca más volvió a partir.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Diálogo

El trino de los pájaros le despertó. Había pasado la noche bajó un árbol de eucalipto, en plena calle, y frente a la estatua informe que tanto le disgustaba —lo moderno no iba con él. Conocedor de cada rincón de la ciudad, los lugares que procuraba tanto para la siesta como para pernoctar, eran determinados más que por la comodidad o el arropo por la nostalgia de algún recuerdo. Un poco más despabilado, después de estirarse y lavarse en la fuente, el diálogo comenzó: autos recorrían las avenidas, pasos presurosos iban y venían, y en una esquina alguien voceaba las últimas noticias. Mientras que Rubén, sin prisa y con la calma de un viejo maestro, sacaba del ajado estuche su violín, para con una melodía triste, dar contestación una vez más a aquella charla que se extendía eterna cada día.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Aquel entonces

Aún lo recuerdo como si fuera ayer: estábamos en lo alto de la rueda de la fortuna cuando me diste el sí. Las luces de la feria tiritaban bajo nuestros pies; y arriba, el cielo era el más estrellado que nunca antes vi. Era como estar en un plano cósmico. Recuerdo que atraje tus manos a las mías, y sonreíste, y tus ojos brillaban, y yo no sabía cómo actuar ni que decir. Te miraba intentando eternizar ese instante, hacerlo mío, que nunca se fuera. Ahora que pienso en esos días, pondero y creo que fueron los más felices de mi vida; sí, los más felices. Salíamos al parque a esas largas caminatas; tu disfrutabas de mis bromas, yo de tu sonrisa. Íbamos abrazados o de la mano, hablando o simplemente sin decir nada; nos bastábamos el uno para el otro. No he vuelto a caminar por ese parque desde aquel entonces, y yo que de memoria sabía todos sus senderos y atajos, ahora no creo poder reconocer alguno. Cómo ha pasado el tiempo, y nosotros con él. No recuerdo bien cuando todo terminó. De ese día tengo vagos recuerdos; procuré olvidarlo. Solo recuerdo que al marcharme, las lágrimas en mis ojos no me dejaban ver. Yo que nunca había llorado y ese día cómo lloré. ¿No es absurdo terminar cuando aún se ama?

Mientras trato de armar este rompecabezas de cubos que la maestra me dio, tú coloreas con crayones no sé qué paisaje con nubes y sol. Me pregunto si pensarás también en eso que seremos, en ese sí que me darás, en esos paseos que daremos, en esas lágrimas que derramaré.

jueves, 9 de septiembre de 2010

En ese lugar

En ese lugar donde la mente crea los sueños,
donde las posibilidades son inagotables,
donde mi realidad es otra y, estoy contigo,
de donde nunca me fui y al mismo tiempo siempre regreso,
allí estas tú.

En ese lugar donde el tiempo no pasa,
donde aun llego a buscarte un Sábado de mañana,
donde el instante entre que abres la puerta y veo
tu rostro se hace eterno,
allí estoy yo.

En ese lugar en donde sin importar que hagamos,
donde basta la presencia del uno para el otro,
donde sin importar si es una banca de un parque
o una silla de un restauran,
allí estamos los dos.

En ese lugar quiero estar,
a ese lugar quiero acudir,
allí quiero que habiten mis pensamientos,
en ese lugar...

jueves, 5 de agosto de 2010

Como disfrutar de litro y medio de agua y una barra energética.



El siguiente procedimiento es (si el oximoron es tolerable) sumamente sencillo y complicado al mismo tiempo; requiere un poco de tenacidad, condición física regular y de dos a tres horas de tu tiempo.

Pasos previos:

1. Levántate de diez a quince minutos antes de las 6 a.m. La razón de esos minutos extra está directamente relacionada con los preparativos iniciales, que dicho sea de paso, varían de persona a persona.
2. Una vez estés despabilado y el sueño no sea más, procede a colocarte shorts, playera, calcetas y zapatos; no olvides calzar los guantes, colocarte el casco y sujetar bien la mochila con la reserva de agua. Y muy importante: asegúrate de llevar la barra energética en tu mochila.
3. Por último, toma tu bicicleta y sal a comenzar el recorrido.

* Los pasos se han simplificado por practicidad.

Los primeras 3 millas son fáciles. La mañana es fresca, estás descansado (al menos eso sería lo ideal), no hay tráfico y el inicio de cualquier aventura siempre es motivador. No es requerido, pero si se da el caso, y tuvieras que pasar a recoger a algún colega que se suma a la andanza, significaría una escala técnica: esperar de cinco a diez minutos para reanudar el recorrido.

Ya que te hayas puesto en marcha nuevamente, proseguirás por aproximadamente seis millas sobre diversas calles y avenidas principales, por donde se podrán observar diversas cosas: un club de golf, escuelas, algunos peatones, casas enormes rodeadas de arbustos y arboles altísimos, carros que te pasan por un lado a alta velocidad, algún perro ladrando y si tienes suerte un venado con su cría.

Conforme avances, notarás como tu frente comienza a perlar, por lo que deberás ir bebiendo (en pequeños sorbos) de la manguera que pende de tu mochila. Es importante que te mantengas bien hidratado a lo largo de todo el trayecto.

Pasadas las seis millas, y conforme te internas en el cañón, notarás que cada vez hay menos casas, lo cual significa que el camino de tierra, por el cual ascenderás a la montaña, no está muy lejos.

Cuando por fin llegues al pórtico que se encuentra a la entrada del camino, es tiempo de desmontar tu bicicleta y sacar de tu mochila la barra energética.

No hay una técnica especifica ni para abrir la barra de su empaque ni para comerla, la única advertencia es que una vez que has dado el primer mordisco, sentirás una sensación de picor dentro de tus mejillas, a lo que seguirá una sensación reconfortante. Si lo consideras conveniente, puedes tomar pequeños sorbos de agua para facilitar el proceso.

Te tomará de tres a cuatro minutos comer la barra. Posterior a esto, y antes de volver a colocarte la mochila deberás guardar la envoltura donde antes estuvo la barra, montar tu bicicleta y escalar los 200 o 300 metros hacia la cima de la montaña.

Una vez estés arriba (recuerda, en todo momento deberás seguir bebiendo), habrás de comenzar a decender por los caminos para bicicleta o single tracks, sortearás algunas dificultades en aquellas bajadas y subidas muy pronunciadas, pero saldrás bien librado.

Por último, posiblemente cuando estés en la cumbre de alguna colina (de las tantas que irás cruzando), tomarás un breve respiro, y, mientras miras a tu alrededor, y te das cuenta que todo lo que vez es inmensidad, y de que todo lo que escuchas es tu aliento, pensarás que esa agua que estás bebiendo y esa barra que abajo comiste son lo mejor que has probado en mucho tiempo.